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lunes, 15 de agosto de 2016

Thorwback

Hay ciertos sitios que simplemente te llenan de vida. Una risa, el sabor de una buena cerveza. El olor que tanto añorabas. Incluso a veces te da por mirar atrás. No sabría decirte. Volver a entrar en ese piso en el que tuve tantas charlas, contigo, con tus padres. Las veces que soñé con dejarte una carta en tu almohada para decirte "lo siento, pero necesitas volar". Y descubrir que volaste, que recuerdas todas las tardes y el dolor que fue dejarte. Sé, y lo puedo corroborar, que el dolor que sentiste no fue ni la mitad. Porque te he visto crecer, soñar, amar. Yo simplemente me quede quieta. Pero de alguna manera, siempre vuelvo a ti. Recuerdo lo hermoso que fue verte dormir, con tus labios entre abiertos, y yo despierta desde que salió el sol. No se compara a nada. Ni a noches locas de sexo y alcohol. De su compañía. Hay personas que llegan a tu vida y simplemente te rompen los esquemas. Y así fue. Fueron muchas veces. Pero llegaron las segundas oportunidades, reencuentros de amanecer donde una mirada lo decía todo. Y las sabanas empapadas. Pero ¿y las terceras oportunidades? Donde me abrazas cuando ya no puedo dormir, contra tu cuerpo escombro, tus ganas de seguir soñando. Parece que entre nosotros no han pasado las horas, no los días, ni los años. Entonces es cuando todo vuelve a la normalidad. Donde nos veo reflejados en el espejo del mismo año en el que te dije que no podía más. Cuando subíamos y bajábamos con la vergüenza de lo que hicimos mal. Y en ese momento, éramos tu y yo. Y sonreímos. Juramos que no volvería a pasar. Qué el alcohol era muy traicionero y nos haría regresar. Pero regresamos, sin saber cómo. Desde entonces estoy segura de que cometimos un error. El error de volver a conocernos 

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