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sábado, 20 de agosto de 2011

Si me tengo que sincerar, voy a hacerlo bien, no para que alguien cercano o desconocido pueda entenderlo, si no para que yo, la que escribe, admita de una vez que es lo que está pasando. Todo empieza con que es único, con que todo pasa demasiado rápido pero a la vez lento, que no imaginé tus labios jugando con los míos y tus dedos buscando encajar entre los míos. Jamás me entraron ganas de llorar por no poder captar una fotografía, un brazo pintarrajeado entrelazado con uno totalmente llano, vulnerable, insignificante… Nunca aprecié lo que significaba el término “cosquis” hasta que me quedé dormida apoyada en tu pecho por el suave vaivén de tus dedos, inventando una carrera, desde la cadera hasta el rostro, con suavidad, hasta estremecerme y hacerme despertar. Como el primer beso, olvidé como era eso de querer saborear más y más de una persona, he experimentado muchas cosas nuevas y cosas obvias que todavía siquiera han llegado. Y me extraña, eso es lo extraño. No pensé que pasaría esto, no cuando mis intenciones eran nefastas, que quería aprovecharme y ahora parece ser que… Tengo ganas de seguir alzando la mano hacia el techo tumbada en tu cama y haciendo dibujos en la nada esperando a que se cruce con la tuya. Y no separarla, y quedarme horas abrazada a ti, hasta que caigamos al suelo o nos inundemos de rayadas.

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