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domingo

RUN

Solo la tenue luz de las farolas podía guiarla. Se sentía tan perdida que ya no sabía por dónde caminar. Únicamente corría, dios sabe a dónde, pero estaba claro, ella huía, de viejos recuerdos, del presente, de su futuro. Necesitaba que la perdieran de vista, olvidar su nombre sería lo mejor, que en la cabeza de su amado y en la de sus conocidos sonara como un silencioso eco que no fueran capaces de analizar. Estaba dispuesta a correr tropezando con esos tacones de cristal, que sus tobillos, apunto de quebrar la recordaran la realidad. La luna reflejaba esas traslúcidas lágrimas que inconscientemente era capaz de derramar, se sentía estúpida ¿Por qué necesitaba escapar? Porque ese no era su lugar. Dramatizar no estaba escrito en su guión pero eso que estaba cometiendo era real. Desconocidos la paraban a través de las calles preguntando cual era su destino pero ella continuamente repetía “este no es mi hogar”. Se veía sola en esas oscuras calles de Lublin sin miedo alguno de que la pudieran matar. No tenía dirección ni destino, no se sentía feliz porque la felicidad, para ella, según había aprendido podía ser dulcemente amarga. Un caballero trajeado, tomó su sombrero de copa y la sujeto del brazo “¿A dónde se dirige, bella dama, vestida de ángel celestial?”. Se paró, miró sin ninguna atención. No sabía a donde seguir. Desgarró su vestido, luciendo un corsé negro, contraste de tanto blanco y le miró con decisión “A ninguna parte, a donde me guíen mis pies, lejos de todas mis pesadillas y ese cuervo que me persigue cada noche y día. Creo que se ha confundido, aquí, frente a sus ojos, no hay ninguna belleza y menos una criatura procedente del cielo” respondió. Y arrastrando aún los pesados zapatos siguió caminando, rodeándose con los brazos y dejando atrás al caballero preocupado. Tras horas de retraso a una cita nunca cumplida se agachó mirando claramente hacia abajo. Se terminó, acabando llorando, apoyada sobre sus rodillas, con el alma bajo los pies pisándolo con asco. Bañándose en ese charco que la lluvia dejó la noche anterior, lloró a solas sin ninguna explicación, golpeando con los puños el asfalto pero sin soltar ni una sola maldición. Descalzó sus delicados pies exponiéndolos al frío y tras minutos de desolación se levantó, acarició sus ojos y los cerró. Arrastro el maquillaje que las lágrimas se llevaron y los abrió, únicamente vio una pequeña luz a la derecha, justo al final de la calle. Tras un suspiro y diez segundos de agitada respiración se incorporó. Abandonó los zapatos que tallaron a cristal junto a pequeños trozos de su precioso atavío e inició el paso hacia la oscuridad. Tomo la ambigua calle de la derecha y dejó todo atrás. Pobre princesa que abandonó su reinó junto a sus sueños y caminó junto a Satán.

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